2 de diciembre de 2010
El cliché negado

“Un territorio de promesas que lucha contra los estereotipos. Eso es América Latina. Una región que vive en la paradoja, porque mientras sus gobiernos y la economía han llevado al continente a situaciones decepcionantes o vergonzosas, la cultura y sus diferentes manifestaciones se han convertido en su bálsamo y motivo de orgullo para sus pobladores. Su creación artística mira de igual a igual al resto de obras del mundo”.
23 de noviembre de 2010
En el potrero

En primavera veíamos crecer los pastizales. Se respiraba olor a moho; la tierra, húmeda por el invierno reciente, comenzaba a secarse. Los cielos se limpiaban; también el potrero se mostraba una vez más limpio de barro y hojas y pasto seco. Los brotes verdes me regocijaban. Entre montículo y montículo de tierra; los escondites se sucedían; eran tantos que arrancar potrero adentro, buscando refugio, era un placer. Aunque siempre, para mí y sólo para mí, el peligro de ver aparecer un perro guardián estaba latente. La latencia de un perro devorador y asesino. Optaba por recostarme en el pasto y ver pasar las nubes.
El potrero fue nuestro bosque (sin árboles), nuestro destino de aventura, a un paso de la casa. Convivíamos con ratones y gatos y los insectos de turno. Pero eso era lo de menos. Fue campo de batalla y mesa redonda. Era el lugar de los juegos peligrosos, a veces violentos, llenos de sentido grupal. Era un peligro, también un descanso arrimarse a la pared para flanquear el límite y alcanzar el primer montículo de tierra.
19 de noviembre de 2010
Enfermo de bien

Una de esas frases: la enfermedad te hizo bien. Gente enferma, más lúcida, porque está más cerca de la muerte.
El pulmón es lo mío. Cada cierto tiempo, me desata estados febriles que pueden o no empeorar; pero siento un malestar que oscila entre la tráquea y los bronquios mismos, que sube y baja como el mercurio que mide la sensación de demolición frente a la vida.
Cada mañana me despierto un poco ahogado. La falta de aire, una sensación profundamente básica, animal. La tarea humana siempre ha consistido en disminuir e intentar vencer el dolor.
17 de noviembre de 2010
El extranjero
Gina, una amiga, hace de anfitriona de una pareja venida del mismísimo Vic. Son dos personas ya mayores, viajeros más o menos acomodados, muy medidos y algo tacaños (muy catalanes). Visitan Santiago, Valparaíso, la costa del Pacífico. Muy pronto se hartan de todo; es muy similar y parecido a algo que ya han visto. Un puerto es igual a otro; un desierto a otro. ¿De dónde ha sacado cierta gente que Valparaíso tiene algo de Lisboa? Y Santiago, ciudad claustrofóbica, sucia, con muy pocas partes donde estar. Una ciudad que te empuja a un movimiento permanente; pura locura urbana y sobre todo un mal diseño y planificación. Para la cena, Gina los lleva a un restaurant en Concón. Ella se regodea escogiendo el mejor marisco y la mejor botella de chardonnay; la pareja de Vic, a esas alturas con reflujo y espanto, pide pollo con papas fritas.
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El sábado, en medio de la batahola nocturna, alguien me acusó de ser extranjerizante. Yo, por supuesto, comprendí enseguida la ofensa. Uno de esos pequeños triunfos ridículos. Pero quedó en evidencia esa especie de fervor por lo chileno muy popular hoy. Un sentimiento (porque no es otra cosa) transversal a cualquier causa política. La cuestión es que la cultura nacional, cualquiera que sea, me resulta molesta. Lo propio, lo nuestro, lo indígena y autóctono: una pérdida de tiempo.
La cultura es universal; la enseñanza proviene de Occidente. A partir de los griegos, a los cuales uno siempre acaba volviendo. Por supuesto, de distintas partes es posible tomar algo; así, cualquier destino del mundo es viable y deseable; pero el fuerte que sustenta la razón y el conocimiento es una materia estrictamente occidental.
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Reviso una serie de fotografías tomadas en una playa de Málaga en el invierno de 2009. Era febrero; era Torremolinos; era mi primer domingo en Málaga, a la que había llegado con el ánimo de instalarme por una temporada. Las cosas, por supuesto, salieron de otro modo. Y acabé abandonando la ciudad echando espuma por la boca. La petulancia playera de Málaga, aunque sea en invierno. El relajo tan distinto al estreñimiento de Granada (ciudad en la que vivía). Además del relajo, el lujo miamiesco. La primera vez que visité la ciudad, en todo caso, me pareció reconocer, en el fondo, algo de Río de Janeiro. Algo de la avenida Atlántica; algo diminuto, está claro; pero sería el hedonismo propio de los lugares donde la gente suele pasearse en calzoncillos y chalas. Hoy nuevamente aquella serie de fotos. Mala época; aunque mi cara, en una de ellas, no lo evidencia. Un domingo de lluvia torrencial; las cosas en la ciudad recién comenzaban. Los últimos días de febrero fueron una real pesadilla. Y Málaga ya era un pozo envenenado del que sólo quería huir.
13 de noviembre de 2010
El florero

Me movilizo en colectivo. Es un taxi con trayecto de micro, para que nos vayamos entendiendo. Sólo cuatro pasajeros. El auto sólo parte cuando el aforo está completo. La suerte de ser el primero en la fila de espera, y así viajar cómodamente de copiloto. Ser segundo está bien, al igual que cuarto; pero ser tercero es un lastre. Significa lidiar con el montículo del medio del asiento trasero. Los sobamientos en el asiento trasero. A veces esos roces y sobadas regalan encuentros felices. Jovencitas que no les molesta en absoluto restregar sus muslos lozanos y apretujados. Ahora, en noviembre, el sudor empieza a ser un problema. Un problema sobre todo olfativo. Pero el colectivo sigue siendo mejor que desplazarse en micro. Más económico que el taxi. Y de vez en cuando, pese a estar tercero, la proximidad, la intimidad de ciertos trutros bien nutridos y deseosos. Señoras perfumadas a las que se les ha corrido un punto de la media. Tocaciones involuntarias en toda regla. Que uno se baja con la imaginación encendida.
“Le noise”, Neil Young. En distintos momentos de los últimos diez, quince años, algún disco de Neil Young. Recuerdo, por ejemplo, Mallorca. Que es igual al fabuloso “Prairie wind”. Recuerdo El Tabo, en 1996 ó 1997, “Harvest” (mi descubrimiento personal de aquella época). Hoy, en el departamento de calle Maipú, lo último, “Le noise”. Es un disco de guitarras desatadas; de hecho, sólo una guitarra y una multitud de efectos y secuenciadores. Sin embargo me enganché a Love and war, una de las dos únicas acústicas. Es un disco árido, difícil, un disco que tarda en ser bien escuchado. Parafraseando a Sloterdijk, un disco preñado de futuro.
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En Diagonal Paraguay esquina Portugal, una librería pequeña se esconde detrás del supermercado. Buena selección; ya la vitrina anuncia cosas interesantes. Una vitrina: toda una promesa. Me fijo en una edición barata (Akal) de la Sonatra de Kreutzer, de Tolstoi. Lo barato, en libros, sólo debe asegurar una edición en condiciones; o sea, una traducción adecuada. Se puede compaginar barato y bueno. De Bolsillo, de hecho, está sacando una gran cantidad de buen material a buen precio. Me gusta la austeridad de los libros de bolsillo. Se respira el mismo olor que cuando se ofrece el placer de abrir y oler las hojas de un libro exquisito.
(Avanzado ya en la Sonata constato que hay muchas frases y párrafos que chirrían por su traducción. Pago el precio).
12 de noviembre de 2010
Estación Central

Alberto Fuguet. Un caso, a fin de cuentas, en la literatura chilena. Leí “Mala onda” cuando salió, hace ya veinte años. Estuvo bien, pero todavía no había leído a Salinger; después lo encontré una vil copia. En mayo o junio leí a trompicones “Las películas de mi vida”; es decir, la hojeé largamente, leí párrafos enteros, capítulos completos, y pude hacerme una idea general. Un método de lectura veloz que uso habitualmente, para satisfacer la curiosidad. Fuguet, con los años, ha ido haciendo su literatura, fiel a su estilo, a sus manías e intereses. Se diría que, a estas alturas, es todo un narrador. Y está bien. Lo respeto y me gusta a medias. En el panorama local tiene sin duda su sitio. Quizá al lado de nadie, porque no hay una escuela que lo secunde. Quizá por eso mismo también mi simpatía por el personaje. Se hizo especialmente odioso Fuguet en una época por su inclinación americanizante. Hoy sabemos que de alguna manera fue un adelantado. Es el autor que reniega de la política; su propia literatura es así: basada en anécdotas que no pretenden en ninguna parte sacar conclusiones politizantes. Es la literatura de lo no social. Tampoco es intimista. Es un naturalista fordiano. Quizá él estaría de acuerdo.
4 de noviembre de 2010
El año horrible

28 de octubre de 2010
Dinero

“El preso está ávido de dinero, hasta el delirio, hasta perder la razón y si, efectivamente, lo tira por la ventana cuando se corre una juerga, lo tira por algo que considera que está por encima del dinero. ¿Qué está por encima del dinero para el preso? La libertad o, al menos, cualquier sueño de libertad. Los presos son grandes soñadores. (...) Un preso es un hombre privado de libertad: ése es el sentido de esta palabra; pero, al gastar el dinero, el preso obra con libertad. A pesar de las marcas, de los grilletes, de las odiosas estacas del penal, que le ocultan el mundo de Dios y le encierran como a una fiera en su jaula, él puede conseguir vodka, es decir, un placer rigurosamente prohibido, procurarse la compañía de una chica...".
(Memorias de la casa muerta. F.M. Dostoievski)
26 de octubre de 2010
Las putas también comen
22 de octubre de 2010
El lector radical

Se lee poco el diario. Los diarios, a su vez, se hacen poco leer. Nunca cuajó una cultura del diario; y ya no pasó. Hoy, que los diarios se enfrentan al dilema electrónico, de si cambiar y cómo hacerlo, los lectores ya no harán nada por acercárseles. Quizá se empiece e leer más el diario en internet. Lo dudo. El asunto es que, en general, se lee poco. Un asunto menor, en todo caso. No hay sociedades lectoras, ni mucho menos. De hecho, los desafíos nacionales me interesan poco. No entiendo las proclamas que alientan el deporte nacional, en cualquiera de sus vertientes. Yo sólo conozco a personas lectoras, interesadas, inteligentes. Son individuos.
La cultura. A propósito de esto. La así llamada literatura latinoamericana, por ejemplo. Esa necesidad gregaria, la manía de ir formando piñas. Si ya los límites nacionales me resultan odiosos. En cultura, lo peor, lo malo, lo nefasto, se conoce porque es de más fácil acceso, pero se mantiene a raya. Uno va seleccionando, como quien selecciona a los amigos. Se es radical en ese aspecto.
14 de octubre de 2010
Juventud

12 de octubre de 2010
Una garuga
Una garuga odiosa, la misma que en Granada llaman calabobo. De pronto, la primavera adquiere aires otoñales. Soy persona de estaciones transitorias (otoño y primavera), que aportan indefinición y poseen mayor poder seductor. La hora crepuscular de abril o de octubre. Algo perfectamente aplicable a ambos hemisferios. El asunto es que la garuga me produce un efecto mortífero. Me sube la temperatura corporal, las orejas se me encienden, la piel me brota. Sé que el alcohol tiene mucho que ver. Días en que es muy fácil palpar la descomposición. No hay nada en su sitio. Uno desprende un olor, que quiero llamar nauseabundo; que en todo caso es metálico y repulsivo. La química de la descomposición. ¡La minería! Frente a una vitrina todas estas cosas adquieren sentido cuando veo la portada de unos Cuentos Completos de Edgar Allan Poe editados por Edhasa. Pienso, cómo no, en el señor Valdemar. La poderosa imagen del desenlace: la fantasía de que además del Valdemar orgánico, existía uno metafísico, y que fue justamente el que lo mantuvo vivo durante todo el período en que permaneció en esa especie de limbo mesmerista. Un juego de fuerza contra la desaparición y la descomposición orgánica.La palabra garuga me ha despertado cierto interés. La RAE no la contempla; sí, de forma secundaria, el Panhispánico de dudas; limita la palabra al habla popular, no culto. Por supuesto que el vocablo garuga me parece perfectamente normal y utilizable. De hecho, mucho más lleno que garúa. No conozco la etimología. Pero el lenguaje es orgánico, y elástico; no, claro, al extremo necio de un Gabo. La lengua es de por sí conservadora.