
4 de noviembre de 2010
El año horrible

28 de octubre de 2010
Dinero

“El preso está ávido de dinero, hasta el delirio, hasta perder la razón y si, efectivamente, lo tira por la ventana cuando se corre una juerga, lo tira por algo que considera que está por encima del dinero. ¿Qué está por encima del dinero para el preso? La libertad o, al menos, cualquier sueño de libertad. Los presos son grandes soñadores. (...) Un preso es un hombre privado de libertad: ése es el sentido de esta palabra; pero, al gastar el dinero, el preso obra con libertad. A pesar de las marcas, de los grilletes, de las odiosas estacas del penal, que le ocultan el mundo de Dios y le encierran como a una fiera en su jaula, él puede conseguir vodka, es decir, un placer rigurosamente prohibido, procurarse la compañía de una chica...".
(Memorias de la casa muerta. F.M. Dostoievski)
26 de octubre de 2010
Las putas también comen
22 de octubre de 2010
El lector radical

Se lee poco el diario. Los diarios, a su vez, se hacen poco leer. Nunca cuajó una cultura del diario; y ya no pasó. Hoy, que los diarios se enfrentan al dilema electrónico, de si cambiar y cómo hacerlo, los lectores ya no harán nada por acercárseles. Quizá se empiece e leer más el diario en internet. Lo dudo. El asunto es que, en general, se lee poco. Un asunto menor, en todo caso. No hay sociedades lectoras, ni mucho menos. De hecho, los desafíos nacionales me interesan poco. No entiendo las proclamas que alientan el deporte nacional, en cualquiera de sus vertientes. Yo sólo conozco a personas lectoras, interesadas, inteligentes. Son individuos.
La cultura. A propósito de esto. La así llamada literatura latinoamericana, por ejemplo. Esa necesidad gregaria, la manía de ir formando piñas. Si ya los límites nacionales me resultan odiosos. En cultura, lo peor, lo malo, lo nefasto, se conoce porque es de más fácil acceso, pero se mantiene a raya. Uno va seleccionando, como quien selecciona a los amigos. Se es radical en ese aspecto.
14 de octubre de 2010
Juventud

12 de octubre de 2010
Una garuga
Una garuga odiosa, la misma que en Granada llaman calabobo. De pronto, la primavera adquiere aires otoñales. Soy persona de estaciones transitorias (otoño y primavera), que aportan indefinición y poseen mayor poder seductor. La hora crepuscular de abril o de octubre. Algo perfectamente aplicable a ambos hemisferios. El asunto es que la garuga me produce un efecto mortífero. Me sube la temperatura corporal, las orejas se me encienden, la piel me brota. Sé que el alcohol tiene mucho que ver. Días en que es muy fácil palpar la descomposición. No hay nada en su sitio. Uno desprende un olor, que quiero llamar nauseabundo; que en todo caso es metálico y repulsivo. La química de la descomposición. ¡La minería! Frente a una vitrina todas estas cosas adquieren sentido cuando veo la portada de unos Cuentos Completos de Edgar Allan Poe editados por Edhasa. Pienso, cómo no, en el señor Valdemar. La poderosa imagen del desenlace: la fantasía de que además del Valdemar orgánico, existía uno metafísico, y que fue justamente el que lo mantuvo vivo durante todo el período en que permaneció en esa especie de limbo mesmerista. Un juego de fuerza contra la desaparición y la descomposición orgánica.La palabra garuga me ha despertado cierto interés. La RAE no la contempla; sí, de forma secundaria, el Panhispánico de dudas; limita la palabra al habla popular, no culto. Por supuesto que el vocablo garuga me parece perfectamente normal y utilizable. De hecho, mucho más lleno que garúa. No conozco la etimología. Pero el lenguaje es orgánico, y elástico; no, claro, al extremo necio de un Gabo. La lengua es de por sí conservadora.
9 de octubre de 2010
La extinción que viene

6 de octubre de 2010
El artista doméstico

Hay, por decir así, artistas realmente marginales. Y éste por supuesto no es un problema; el problema es que son realmente malos. Viven en el barrio, perfectamente adaptados; uno se los topa en la verdulería; han criado hijos; ahora, con más tiempo libre, dan rienda suelta a su creatividad. Son gente buena, demás está decirlo. Pero un poco resentida. El resentimiento es consigo mismo, se entiende. Dan buenas comidas y estupendas cenas, muy regadas, porque cultivan a la perfección el rito de la buena mesa. Supongamos que se inclinan por la acuarela. Desde siempre, sin embargo, he sabido que es una apasionada de la música clásica, y de la ópera en especial. Del barrio quizá sea la única que ha pisado el alfombrado del Teatro Municipal. Debe soportar a un marido apático e insensible a la voz de Maria Callas. No importa; la habitación vacía del hijo recién casado la ha convertido ahora en un estudio de pintura. Ha puesto un pequeño letrero manuscrito en la ventana: Se venden cuadros. Ha puesto dos o tres muestras de ejemplo. Son paisajes sureños impresionistas; lo anodinas que pueden resultar las vaporosas e imprecisas estampas impresionistas sureñas. El artista elabora su trabajo, en su taller calefaccionado; ha criado hijos; sabe lo que es ser un buen anfitrión en una celebración de cumpleaños. Pudo, quizá, ser otra cosa; para el que llega, uno mismo, para conversar éste y todos los asuntos posibles, es un verdadero misterio ese tránsito; a fin de cuentas, no ha sucumbido a la desaparición ni a la huida ni a la propia muerte por hastío y todas las excusas sensatas posibles. Sigue ahí, ¡aquí!, entera (¡casi!), pintando sus acuarelas; en su rostro lleva grabadas todas las restas y los sinsabores. Me veo dentro de diez años. Pero en el ámbito vecinal es una pura genialidad contar con ella. Sólo para saber que hay gente huraña con un buen par de razones. También teme que le asalten y le roben. La pintora no es una intelectual; es sólo una artista. Pero el barrio no da para más. Incluso yo me callo; le comento tímidamente alguna frase que dicta el sentido común: qué tanto me gusta la pintura, y el impresionismo, y el hobbie. Esa palabra maléfica, se me cuela y me corta la piel; es un tajo terrible que debo llevar conmigo. Sobre todo porque no estoy dispuesto a hablar de mi propio hobbie. Puedo decir, ¡confesar!, al menos que soy hombre lector. Las estadísticas ya tomarán cuenta de mí.
1 de octubre de 2010
El silencio del cerebro
Frases de Walter
Amras, marzo
(…)
El silencio del cerebro…
El aire penetra y se retira…
Eso, antes de que fuera la muerte…
Todo ritmo: montañas pensantes, ríos pensantes…
Durante toda mi vida: no quiero ser yo, yo quiere ser, no ser yo…
En la representación antigua molesta lo humano.
…sobre lo que llamo la atención…
La realidad en los intersticios de la verdad.
Agentes patógenos: sutilezas filosóficas de la muerte.
Tratar a los muertos como a la vida. A la vida como a la muerte.
Yo soy el límite, continuamente, la muerte.
La muerte, en fin de cuentas, sólo es algo para el matemático bastante elevado.
…así de sencilla es la muerte.
Tengo una relación ideal con mi muerte.
El rey ideal. El ideal es rey.
La generación que no admira ya nada.
La cabeza que lo comprende todo… y entonces muere.
Un plan mayor por miedo…
Las transiciones son enigmáticas…
Pregunta diaria: ¿por qué soy yo a partir de mí?
En lógica, los contextos no conducen (directamente) a n(N)ada.
Nacimientos: introducciones a la superstición.
Las enfermedades extrahumanas comprobables en medio de los seres humanos…
La falta de sensibilidad de la Naturaleza… (Fahrenheit, Celsius, etc. …).
Anomalía

30 de septiembre de 2010
Último día
Trevélez revisitado

28 de septiembre de 2010
La fórmula humana

Ya en la calle, con la imagen del laboratorio todavía en la cabeza, recuerdo a Montilla, viejo de sabiduría ponzoñosa, encumbrado en una casa del Tibidabo, dispuesto a refundar la política. Aquello fue un experimento fallido de novela, en torno a los refundadores políticos del siglo pasado, una y otra vez desembocados en procesos siniestros y totalitarios. Como el químico, Montilla quiso sintetizar la fórmula del comportamiento humano, trazando una o dos reglas definitivas. Un hierbajo que el marxismo teórico se continúa fumando. Montilla, cómo no, acaba en una espiral de delirio; invoca el fascismo bueno como última respuesta, pero le pasa lo que le pasó a muchos de los que firmaron la muerte del dios monoteísta: que en su fuero interno continuaron creyendo en el alma humana, ese invento literario, porque después de todo eran hombres de época.
20 de septiembre de 2010
Praxis pagana

Mis pretensiones ascéticas fracasan. Puede más Dionisos. Me conformo con volver a los viejos dioses, los auténticos. Porque en el fondo soy un pagano griego, unos días más apolíneo que otro. Aunque digamos que me conformo con caminar. Ahí está todo, y en estos días de 18 lo he practicado poco. Los paseos también son pequeñas fugas, pero sin acelerar, o sea sin ponerse a correr. No dudo de la gesta de Filípides (¡ni tampoco la de Murakami!), pero yo hablo de caminar amasando las glándulas cerebrales con sentido estricto y admiración. Al correr, los pensamientos se diluyen, en sentido centrífugo; la velocidad correcta sería la del marchante olímpico, sin la chaplinesca de sus movimientos de cadera. Cuando el grifo está abierto todo fluye a borbotones, formando racimos, espumas (Sloterdijk).
De todas formas, lo mejor de todo este comportamiento disoluto (mi falta de rigor) es que me salté los festejos del bicentenario. Ninguna bandera. Algunos artículos en el diario sobre la idealización de la patria. Uno, por cierto, luminoso dentro de la escasez de material. Pero el festejo se reduce a una nube de humo sobre la ciudad que huele a carne asada. Santiago entero cobra el aspecto de una humareda. Me asalta el vegetariano. Pero mi vegetarianismo es muy poco ortodoxo. De hecho, soy un vegetariano que SÍ come carne. En reducidas dosis, nunca cocinada por mí. Pero no digo no a un costillar bien hecho. No sé si me hago entender. Honor y gloria a los veteranos del ’69. Pura praxis.
18 de septiembre de 2010
Algo es nada

En la casa de Renca ha florecido el ciruelo. Es un color rosa inenarrable, galáctico, hipnotizador. Es la nueva generación, tras la tala maldita de todos sus antepasados. Al volver fue lo primero que vi: los árboles ya no estaban. Lo único que dejaron fueron los troncos mochos en cuyo centro el talador estampó una cruz simbólica y útil, no lo dudo. El resto del pasaje seguía igual, haciéndole honor a su nombre: un puro extenso Jardín por donde es muy grato pasar. Un oasis, la excepción en medio de la pulcritud metálica de los cremas de las casas.
Ya había redactado, y en muchas versiones, la historia del patio, pero al volver a Renca se me hizo claro que aquello debía ser un documental. Pensé en “No quarto da Vanda”, de Pedro Costa (escandalosamente original al principio; luego acaba saturando), en las espigadoras de Agnès Varda. Múltiples formas de un autorretrato. No consiste en otra cosa que en el hecho de narrarse uno y a uno mismo. De otro modo, no se comprende la vida.
Varda, precisamente, filmó en 1991 “Jacquot de Nantes”, que no he visto (bueno, sólo esto). Y sobre Nantes llevo pensando toda la mañana. No debí haberme marchado de Nantes. Era Nantes. O nada. Nantes. Pues ahora esto. Lo digo en voz alta mientras tomo un plato de sopa de marisco. Alguien me responde con sentido común. Todo pasa por algo, dice. El problema está en saber qué es ese algo. Como sea, siempre acabo riéndome de los brujos. Siempre es algo.
17 de septiembre de 2010
Francia, otra
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