· Lázaro de Renca · derrenca@gmail.com · modificado en Tumblr ·

4 de noviembre de 2010

El año horrible

1.Me jacto de no tener dependencias. Añado un nuevo logro: internet. En el departamento de calle Maipú todavía no hay conexión; tenía la duda de cómo iban a ser los días desconectado (como el fin de semana largo recién pasado). En rigor, sólo accedo a internet en la oficina, lo que en todo caso no es poco. Pero por la noches, lectura y películas. Lo que viene a significar mucho.

2.El 2009 fue un año horrible. Ahí se gestó, sin ninguna duda, el presente 2010. Pero el otro día recordé, a propósito de esta lista, que el 2009, además, fue el año -sobre todo el verano- de la Física. Especialmente la física cuántica (al menos la teórica), desde su formulación a nuestros días, incluyendo por supuesto las cuerdas y la Teoría del Todo. La lista no nombra al profesor Michio Kaku; pues yo lo menciono por su “Universos paralelos”, una lectura deliciosa.

3.Anoche, por segunda vez, “The dark knight”, de Nolan. Por error, pensaba que el genial Joke era interpretado por Gary Oldman; resulta que es Heath Ledger. Uno de los mejores malos del último tiempo. La parafernalia (carreras, explosiones, disparos) típicamente americana tiene aquí una depurada argumentación. Joke es el auténtico agente del caos; quien sin embargo necesita de la otra cara de la moneda: el héroe americano. Sin él -reconoce el propio Joke en el interrogatorio ante el mismísimo Batman- Joke no tendría sentido. La película tiene tres momentos cúlmines, que se experimentan como verdaderos finales. Aunque quizá, pasadas las dos horas y cuarto, se haga excesivamente larga.

28 de octubre de 2010

Dinero

1.Este parrafón a la hora de la sobremesa.
“El preso está ávido de dinero, hasta el delirio, hasta perder la razón y si, efectivamente, lo tira por la ventana cuando se corre una juerga, lo tira por algo que considera que está por encima del dinero. ¿Qué está por encima del dinero para el preso? La libertad o, al menos, cualquier sueño de libertad. Los presos son grandes soñadores. (...) Un preso es un hombre privado de libertad: ése es el sentido de esta palabra; pero, al gastar el dinero, el preso obra con libertad. A pesar de las marcas, de los grilletes, de las odiosas estacas del penal, que le ocultan el mundo de Dios y le encierran como a una fiera en su jaula, él puede conseguir vodka, es decir, un placer rigurosamente prohibido, procurarse la compañía de una chica...".
(Memorias de la casa muerta. F.M. Dostoievski)

2.Muere un ex presidente y el periodismo pierde la compostura. Las típicas y nefastas loas para alguien que en vida no fue más que un administrativo. Eso sí que es periodismo humano; pero del tipo humano necio, que abunda, y también gobierna. Muere un ex presidente y los demás presidentes hacen lo que saben hacer. Acudir. Frases memorables. Treguas. Puras gárgaras.

3.Disfruto en departamento nuevo. Cuarto piso; al atardecer, el horizonte rojizo, la cima del cerro de Renca, el hospital San Juan de Dios. El norponiente. Pocos muebles, lo que me deja la sala despejada. Un sillón, cómodo, lector. Lo que falta: una lámpara de pie, que me alumbre las lecturas. La luz, siempre baja y blanca. Una mesa improvisada para los parlantes: una caja de cartón volteada. Un velador todavía embalado. Los libros, pocos, en el suelo. Un tipo de comienzo.

26 de octubre de 2010

Las putas también comen

Conocí Barcelona arriba de una moto. Del Llobegrat al Besòs, del puerto a Sarrià, repartiendo, es cierto, comida griega (musaca, spanokopitas, pitas y yogurt), aunque también, dando rodeos para perder el tiempo, con tal de ir de un extremo a otro por alguno de los túneles de las rondas subterráneas que cruzan la ciudad. Primero me desenvolví en la zona sur, es decir, en Les Corts, a un paso de María Cristina, casi encima del Hospitalet; después, en Sant Martí, zona media, a una cuadra de la rambla del Prim, en el norte; también, de forma esporádica, en la meada plazoleta de la todavía más meada y nauseabunda calle Escudellers, en el Gótico; y mi ruta se alargaba fácilmente hasta la Zona Franca, al otro lado del Montjuic; hasta las callejuelas retorcidas más arriba del Dalt; hasta Diagonal Mar; y en el centro del cuadrante enfermizamente perfecto del Eixample, en Villarroel o Viladomat. Justo allí, cierta noche, recalé con un pedido de ensaladas con olivas negras y feta en un club nocturno al que pude entrar después de identificarme frente a una cámara de seguridad. Se respiraba otro aire, pero no a sexo; en todo caso a transpiración y alcohol. La iluminación era tenue, y desde alguna de las habitaciones interiores me llegaban voces de mujeres roncas, indudablemente tabaqueras. Me asomé y una señora apareció para atenderme. Yo tenía toda la intención de quedarme un buen rato, sin prisas, pero la mujer me despachó rápido. ¡Las putas también comen! Sí, se alimentan, a deshoras, y suelen estar hartas. Años después, en otra ciudad, bajo otras circunstancias, también pude comprobar el asunto de la comida. Una querida amiga rusa, a la que me mantuve fiel por una temporada, una mujer tremenda, culta y lúcida. Quise visitarla una tarde, en verano, a la hora de la siesta. Toqué y ella salió en bata. Estaba almorzando; me disculpé, le pedí que por favor volviera a la mesa, que disfrutara de su comida, y que yo volvería dentro de una hora o algo. Así lo hice. Después, reposamos juntos mientras ella me hablaba de las interminables estepas.

22 de octubre de 2010

El lector radical

Los periodistas, una fauna nacional. Una amiga me manda una buena muestra de lo que sí tiene sentido. Un discurso de agradecimiento con mucho de Nicanor Parra, sin restarle ningún mérito al autor. Ironía y detalle, por decirlo de algún modo, muy lejos en todo caso del estilo cada vez más odioso de The Clinic, hoy tan tristemente parecido al periodismo serio de LUN. Mucho poto, teta y pico, sin la gama de sutilezas que permite la risa buena, quevediana. Nibaldo Mosciatti es un corredor de fondo del periodismo. Y un cronista excelente. El periodismo sí puede cuidar y cultivar el estilo, sin amaneramientos ni cursiladas; y de hecho tiene que hacerlo porque también vende eso, es decir, cultura. El humor en Chile, país de humoristas negadores (¿Tan mal estái? ¡No, si estoi la raja!), hoy pasa por momentos bajos. Está en todas partes; ya perdió sentido. Bueno, el panorama del periodismo tampoco es mejor. Es escaso, enano, anoréxico. Lo es desde siempre. La oferta es rácana. Por eso hay que celebrar a los lúcidos que sí lo hacen.

Se lee poco el diario. Los diarios, a su vez, se hacen poco leer. Nunca cuajó una cultura del diario; y ya no pasó. Hoy, que los diarios se enfrentan al dilema electrónico, de si cambiar y cómo hacerlo, los lectores ya no harán nada por acercárseles. Quizá se empiece e leer más el diario en internet. Lo dudo. El asunto es que, en general, se lee poco. Un asunto menor, en todo caso. No hay sociedades lectoras, ni mucho menos. De hecho, los desafíos nacionales me interesan poco. No entiendo las proclamas que alientan el deporte nacional, en cualquiera de sus vertientes. Yo sólo conozco a personas lectoras, interesadas, inteligentes. Son individuos.

La cultura. A propósito de esto. La así llamada literatura latinoamericana, por ejemplo. Esa necesidad gregaria, la manía de ir formando piñas. Si ya los límites nacionales me resultan odiosos. En cultura, lo peor, lo malo, lo nefasto, se conoce porque es de más fácil acceso, pero se mantiene a raya. Uno va seleccionando, como quien selecciona a los amigos. Se es radical en ese aspecto.

14 de octubre de 2010

Juventud

Hace poco una exposición fotográfica de Larry Clark causó polémica en Francia. Un ente censor (que, sí, también los hay en Francia) la catalogó para mayores de 18 años. La muestra concentra la especialidad de Clark, esto es juventud y sexo. Está el Clark director de cine que, la verdad, me interesa poco, aunque Kid, su ópera prima, me gustó bastante. Houellebecq, en “La posibilidad de una isla”, moraliza en torno al trabajo de Clark, estableciendo un paralelismo con Michael Haneke. Dos cineastas rabiosamente modernos. Clark se ha dedicado a retratar la llamada juventud americana. Alguien lo compara con el imprescindible Richard Avedon; pienso que sólo le da para Terry Richardson (el de Pirelli). Clark representa el espíritu punk del no future, que es también la cultura de la basura pasada por el cedazo de la publicidad. Clark es juventud, ése es su mayor defecto. La juventud idolatrada; no ya los cuerpos jóvenes y lozanos, el mismo espíritu blandengue, poco cocido, la gelatina moral de la juventud. Los enemigos de la juventud, hoy, son los enemigos del mundo moderno.

12 de octubre de 2010

Una garuga

Una garuga odiosa, la misma que en Granada llaman calabobo. De pronto, la primavera adquiere aires otoñales. Soy persona de estaciones transitorias (otoño y primavera), que aportan indefinición y poseen mayor poder seductor. La hora crepuscular de abril o de octubre. Algo perfectamente aplicable a ambos hemisferios. El asunto es que la garuga me produce un efecto mortífero. Me sube la temperatura corporal, las orejas se me encienden, la piel me brota. Sé que el alcohol tiene mucho que ver. Días en que es muy fácil palpar la descomposición. No hay nada en su sitio. Uno desprende un olor, que quiero llamar nauseabundo; que en todo caso es metálico y repulsivo. La química de la descomposición. ¡La minería! Frente a una vitrina todas estas cosas adquieren sentido cuando veo la portada de unos Cuentos Completos de Edgar Allan Poe editados por Edhasa. Pienso, cómo no, en el señor Valdemar. La poderosa imagen del desenlace: la fantasía de que además del Valdemar orgánico, existía uno metafísico, y que fue justamente el que lo mantuvo vivo durante todo el período en que permaneció en esa especie de limbo mesmerista. Un juego de fuerza contra la desaparición y la descomposición orgánica.
*

La palabra garuga me ha despertado cierto interés. La RAE no la contempla; sí, de forma secundaria, el Panhispánico de dudas; limita la palabra al habla popular, no culto. Por supuesto que el vocablo garuga me parece perfectamente normal y utilizable. De hecho, mucho más lleno que garúa. No conozco la etimología. Pero el lenguaje es orgánico, y elástico; no, claro, al extremo necio de un Gabo. La lengua es de por sí conservadora.

9 de octubre de 2010

La extinción que viene

Me siento en un sitio que frecuenté mucho a fines de los ‘90, una fuente de soda donde empieza Nataniel, frente a la extinta llama de la libertad, junto al también desaparecido cine Continental (reconvertido desde hace muchos años en una congregación canuta). Fui un cliente de día, donde paraba un rato a comer algo y tomarme un shop, hacer tiempo para volver a subir hasta el piso séptimo de la agencia en el edificio de al lado. Vuelvo a entrar ahora y reconozco el ambiente, que sigue intacto, pero por sobre todo el olor: es el cloro de la desinfección diaria. Esa fijación chilena por el cloro. Los clientes comen y beben, y la nube tóxica parece no molestarles. Inconscientemente se lo asimila con una higiene. Pienso justamente lo contrario. Basta con asomarse a la vitrina donde trabaja el maestro cocinero. Conozco las bambalinas de algunos bares, pero las fuentes de soda, aquí, no disfrazan nada: la mugre se exhibe sin pudor, por delante y por detrás. El cloro funciona como perfume ambientador. Y, sin embargo, como bien (un churrasco italiano) y bebo estupendamente (un shop Brahma).
Es bueno constatar cómo hay cosas que desaparecen. No cultivo ninguna nostalgia, menos con las cosas hechas de concreto. La ciudad, que cambie, y lo más rápidamente posible. Otra cosa es el tipo de cambio. Y siempre es para peor. Una ciudad como Santiago tiene poco que hacer al respecto. Hay algo positivo: siempre es posible irse. Aprender a marcharse, escribió Nietzsche. Las fuentes de soda están en decadencia. Es una estética ochentera, de Burger Inn; los carteles del menú escritos con plumón en colores chillones. El sueño americano criollo pero sin batido. Mientras mastico pienso en cuánto tiempo le queda, o en cómo debería transformarse. El televisor prendido y los tubos fluorescentes. ¡Portugal! No hay como la fealdad extraordinaria de los bares portugueses. Que la gente se junte a comer o sopa o pasteles dulces. Fue algo que apunté muchas veces, a manera de enigma: la cantidad de azúcar que consumen los portugueses en sus dulces matutinos y vespertinos, por el motivo que sea. Cada pueblo (otros, la carne; otros, sencillamente el alcohol) busca sus maneras de autoexcitarse.

6 de octubre de 2010

El artista doméstico

Hay, por decir así, artistas realmente marginales. Y éste por supuesto no es un problema; el problema es que son realmente malos. Viven en el barrio, perfectamente adaptados; uno se los topa en la verdulería; han criado hijos; ahora, con más tiempo libre, dan rienda suelta a su creatividad. Son gente buena, demás está decirlo. Pero un poco resentida. El resentimiento es consigo mismo, se entiende. Dan buenas comidas y estupendas cenas, muy regadas, porque cultivan a la perfección el rito de la buena mesa. Supongamos que se inclinan por la acuarela. Desde siempre, sin embargo, he sabido que es una apasionada de la música clásica, y de la ópera en especial. Del barrio quizá sea la única que ha pisado el alfombrado del Teatro Municipal. Debe soportar a un marido apático e insensible a la voz de Maria Callas. No importa; la habitación vacía del hijo recién casado la ha convertido ahora en un estudio de pintura. Ha puesto un pequeño letrero manuscrito en la ventana: Se venden cuadros. Ha puesto dos o tres muestras de ejemplo. Son paisajes sureños impresionistas; lo anodinas que pueden resultar las vaporosas e imprecisas estampas impresionistas sureñas. El artista elabora su trabajo, en su taller calefaccionado; ha criado hijos; sabe lo que es ser un buen anfitrión en una celebración de cumpleaños. Pudo, quizá, ser otra cosa; para el que llega, uno mismo, para conversar éste y todos los asuntos posibles, es un verdadero misterio ese tránsito; a fin de cuentas, no ha sucumbido a la desaparición ni a la huida ni a la propia muerte por hastío y todas las excusas sensatas posibles. Sigue ahí, ¡aquí!, entera (¡casi!), pintando sus acuarelas; en su rostro lleva grabadas todas las restas y los sinsabores. Me veo dentro de diez años. Pero en el ámbito vecinal es una pura genialidad contar con ella. Sólo para saber que hay gente huraña con un buen par de razones. También teme que le asalten y le roben. La pintora no es una intelectual; es sólo una artista. Pero el barrio no da para más. Incluso yo me callo; le comento tímidamente alguna frase que dicta el sentido común: qué tanto me gusta la pintura, y el impresionismo, y el hobbie. Esa palabra maléfica, se me cuela y me corta la piel; es un tajo terrible que debo llevar conmigo. Sobre todo porque no estoy dispuesto a hablar de mi propio hobbie. Puedo decir, ¡confesar!, al menos que soy hombre lector. Las estadísticas ya tomarán cuenta de mí.

1 de octubre de 2010

El silencio del cerebro

Thomas Bernhard, Amras, a partir de la página 79 (Alianza edit.).

Frases de Walter

Amras, marzo

(…)

El silencio del cerebro…
El aire penetra y se retira…
Eso, antes de que fuera la muerte…
Todo ritmo: montañas pensantes, ríos pensantes…
Durante toda mi vida: no quiero ser yo, yo quiere ser, no ser yo
En la representación antigua molesta lo humano.
…sobre lo que llamo la atención…
La realidad en los intersticios de la verdad.
Agentes patógenos: sutilezas filosóficas de la muerte.
Tratar a los muertos como a la vida. A la vida como a la muerte.
Yo soy el límite, continuamente, la muerte.
La muerte, en fin de cuentas, sólo es algo para el matemático bastante elevado.
así de sencilla es la muerte.
Tengo una relación ideal con mi muerte.
El rey ideal. El ideal es rey.
La generación que no admira ya nada.
La cabeza que lo comprende todo… y entonces muere.
Un plan mayor por miedo…
Las transiciones son enigmáticas…
Pregunta diaria: ¿por qué soy yo a partir de mí?
En lógica, los contextos no conducen (directamente) a n(N)ada.
Nacimientos: introducciones a la superstición.
Las enfermedades extrahumanas comprobables en medio de los seres humanos…
La falta de sensibilidad de la Naturaleza… (Fahrenheit, Celsius, etc. …).

Anomalía

No tener televisor puede ser una anomalía, que uno no quiere corregir, evidentemente, y que en todo caso uno hace pasar por algo deliberado pero quitándole todo el hierro posible. Sólo me pierdo las teleseries, que en Chile son toda una institución. Lo demás, por uno u otro camino me lo encuentro en la red. Las teleseries han acabado abastardando la cultura media del país, pero eso es un asunto que no me importa en absoluto. No brego por nada parecido a una cultura con dotes ministeriales. La educación pública, sin embargo, sí es un tema importante. Reconozco que mi universo temático cojea bastante. La tele educa mucho. Pero, en fin, hablo por lo que me atañe. No veo la tele, no tengo una, y las películas que descargo pirateadas de la red las veo en una pantalla de 15”. Pero veo televisión, por supuesto. Algo hay, y son básicamente series americanas. Se encuentran historias bien contadas. En estos momentos estoy con Mad Men. No quiero despotricar contra la tele. Es perder el tiempo; ya evolucionará. La arrogancia sirve en ciertos casos como éste. Pero vivir sin tele es vivir un paso a un costado. Y es un buen camino, me repito. Hay maneras de camuflar ese andar; a fin de cuentas, no me interesa presumir de una actitud diferente; en todo caso, presumir de indiferencia. ¡Qué importa! Ayer escribía algo sobre el no compromiso. Hoy leo esto en FronteraD. La verdad es que hay término medio, como en todas las cosas. Los militantes exigen compromiso y hoy eso es de una corrección política insoportable. Si me pillan con el ánimo cruzado, les respondo con una frase de la nefasta Margareth Thatcher: la sociedad no existe, sólo las personas. Un tema a discutir, que lanzo a la cara con sana saña, por supuesto. Pero el militante carece de sentido del humor, como el fundamentalista, y el creyente. A los nefastos sólo cabe responderles con una nefastada.

30 de septiembre de 2010

Último día

Termina un mes, septiembre, y se acaban las loas odiosas e innecesarias. Espero. Los pechos, lo veo, se comienzan a deshinchar de a poco. Los patriotas hacen gárgaras, guardan sus glosas didácticas. Esta mañana todavía había banderas en algunos mástiles del barrio; a medianoche asistiré de lejos a la ceremonia de la bajada. Los niveles de bilirrubina también bajan. Los articulistas serios pasan a otros asuntos. Pero Warnken no dejó pasar la ocasión del último día para hablar una vez más de ella. No comparto los ataques del Clinic contra Warnken. Lo atacan por poeta redundante y muy poco comprometido. Siento mucha afinidad por el no compromiso. Pero dentro de la lógica del vivir en las nubes, no puedo dejar de criticar al romántico Warnken. Mi no compromiso incluye, por supuesto, mi absoluto compromiso por atacar a patriotas y nacionalistas. Es algo transversal a las tendencias de la política. También me gusta pensar que voy a lo transversal, aunque no pierdo mucho tiempo en ello. Iniciar un debate político me da fatiga; sólo lo hago borracho. Sólo así vale la pena. Me limito a mi dialogo personal, que incluye por cierto muchísimos otros temas. Pero septiembre se termina. Mi recuerdo de un 18 demasiado heterodoxo. La primavera ya está instalada y la vieja piel del invierno se me comienza a caer a pedazos. Pienso en octubre en los términos de una serpiente renovada.

Trevélez revisitado

He subido a la montaña y caminado, clic por clic, hasta el departamento que A. y yo habitamos en el verano de 2007. Fue un reencuentro por lo menos desgarrador. Todo está ahí, en la pantalla, en el google maps; y el mapeo por fotografías resulta magnífico. Cómo dimos con un lugar así. Entramos al pueblo, Trevélez, por el lado del río, que es comúnmente la puerta de salida. La avenida flanqueada de árboles nos cautivó, y en ya en el primer conjunto de casas vimos un anuncio de arriendo. En ese instante, escuchamos un silbido a nuestras espaldas. Era un hombre mayor, sentado a la sombra, con una copa de vino rosado al lado. Él también tenía algo en arriendo, dijo; y lo que vimos fue el departamento en el que terminamos viviendo. El hombre, después de mostrarnos las habitaciones, con una rama de albahaca colgándole de la oreja, abordó el tema del precio, un precio bajísimo que a él le parecía quizá excesivo; ¡era la ganga de nuestro verano alpujarreño! No hubo, no había más que pensar; cerramos el trato y tres días más tarde estábamos con nuestras maletas en la puerta de la casa. El vino rosado era el de la Contraviesa, un tónico intragable, del cual, por cierto, nos bebimos bastantes litros durante nuestra estadía. La albahaca en la oreja resultó ser un muy buen escudo natural contra los enjambres de moscas. Las moscas no eran poca poca; vivían a sus anchas en el pueblo jamonero, respirando el olor característico de toda la villa: la carne cruda del cerdo que se iba secando poco a poco, detrás de las paredes de piedra, en aquellas casonas deshabitadas, viviendas de lujo para los perniles que eran y siguen siendo los monarcas de Trevélez.

28 de septiembre de 2010

La fórmula humana

En la oficina del químico, un departamento de Vivaceta, en un edificio de formas nobles pero arruinado, con parqué y ornamentas en el cielo. Asomo la cabeza y lo veo detrás de un escritorio muy bajo, sepultado por un alto de papeles, carpetas y diarios. A un costado, el mesón de trabajo del químico, con toda clase de probetas y tubos de ensayo, algunos en un tono ámbar, que me obligan a revisarlos detenidamente. Hablamos de lo que nos convoca, que es el carbón activado. Lo importa de China, aunque él le da otros usos; yo lo necesito -le explico- para la fabricación de unos filtros para una cabina de pintura. El carbón retiene los olores más penetrantes, aunque su capacidad de absorción no supera el 50%. El laboratorio parece en desuso; el mesón, de hecho, aparte de los frascos y vidrios, parece no haber sido tocado en bastante tiempo. La tarea del químico se concentra en el escritorio sepultado de papeles y diarios. Es la parte, digamos, teórica. Está junto a un ventanal en la parte anterior del departamento. La zona posterior da a un patio; las ramas de un árbol golpean la ventana cada vez que una brisa las empuja a hacerlo. La factura, un apretón de manos y ya está. He de recoger la mercancía en un galpón unos metros calle abajo. Un lugar tarantinesco, con grandes aureolas de aceite en el suelo, atendido por un sujeto adormilado, con cotona, que maniobra una balanza de bronce antigua. Pienso, no sé por qué, en los nidos de ratas que hay detrás de los sacos arrumbados junto a las paredes; toneladas de carbón activado y otras sustancias y minerales, que mantienen vivas a esas colonias de ratas mutantes, engordadas a base de nutrientes que ya no les resultan nocivos -porque han evolucionado-; aquello no las ha matado, las ha hecho más fuerte.

Ya en la calle, con la imagen del laboratorio todavía en la cabeza, recuerdo a Montilla, viejo de sabiduría ponzoñosa, encumbrado en una casa del Tibidabo, dispuesto a refundar la política. Aquello fue un experimento fallido de novela, en torno a los refundadores políticos del siglo pasado, una y otra vez desembocados en procesos siniestros y totalitarios. Como el químico, Montilla quiso sintetizar la fórmula del comportamiento humano, trazando una o dos reglas definitivas. Un hierbajo que el marxismo teórico se continúa fumando. Montilla, cómo no, acaba en una espiral de delirio; invoca el fascismo bueno como última respuesta, pero le pasa lo que le pasó a muchos de los que firmaron la muerte del dios monoteísta: que en su fuero interno continuaron creyendo en el alma humana, ese invento literario, porque después de todo eran hombres de época.

20 de septiembre de 2010

Praxis pagana

Mis pretensiones ascéticas fracasan. Puede más Dionisos. Me conformo con volver a los viejos dioses, los auténticos. Porque en el fondo soy un pagano griego, unos días más apolíneo que otro. Aunque digamos que me conformo con caminar. Ahí está todo, y en estos días de 18 lo he practicado poco. Los paseos también son pequeñas fugas, pero sin acelerar, o sea sin ponerse a correr. No dudo de la gesta de Filípides (¡ni tampoco la de Murakami!), pero yo hablo de caminar amasando las glándulas cerebrales con sentido estricto y admiración. Al correr, los pensamientos se diluyen, en sentido centrífugo; la velocidad correcta sería la del marchante olímpico, sin la chaplinesca de sus movimientos de cadera. Cuando el grifo está abierto todo fluye a borbotones, formando racimos, espumas (Sloterdijk).

De todas formas, lo mejor de todo este comportamiento disoluto (mi falta de rigor) es que me salté los festejos del bicentenario. Ninguna bandera. Algunos artículos en el diario sobre la idealización de la patria. Uno, por cierto, luminoso dentro de la escasez de material. Pero el festejo se reduce a una nube de humo sobre la ciudad que huele a carne asada. Santiago entero cobra el aspecto de una humareda. Me asalta el vegetariano. Pero mi vegetarianismo es muy poco ortodoxo. De hecho, soy un vegetariano que SÍ come carne. En reducidas dosis, nunca cocinada por mí. Pero no digo no a un costillar bien hecho. No sé si me hago entender. Honor y gloria a los veteranos del ’69. Pura praxis.

18 de septiembre de 2010

Algo es nada

En la casa de Renca ha florecido el ciruelo. Es un color rosa inenarrable, galáctico, hipnotizador. Es la nueva generación, tras la tala maldita de todos sus antepasados. Al volver fue lo primero que vi: los árboles ya no estaban. Lo único que dejaron fueron los troncos mochos en cuyo centro el talador estampó una cruz simbólica y útil, no lo dudo. El resto del pasaje seguía igual, haciéndole honor a su nombre: un puro extenso Jardín por donde es muy grato pasar. Un oasis, la excepción en medio de la pulcritud metálica de los cremas de las casas.

Ya había redactado, y en muchas versiones, la historia del patio, pero al volver a Renca se me hizo claro que aquello debía ser un documental. Pensé en “No quarto da Vanda”, de Pedro Costa (escandalosamente original al principio; luego acaba saturando), en las espigadoras de Agnès Varda. Múltiples formas de un autorretrato. No consiste en otra cosa que en el hecho de narrarse uno y a uno mismo. De otro modo, no se comprende la vida.

Varda, precisamente, filmó en 1991 “Jacquot de Nantes”, que no he visto (bueno, sólo esto). Y sobre Nantes llevo pensando toda la mañana. No debí haberme marchado de Nantes. Era Nantes. O nada. Nantes. Pues ahora esto. Lo digo en voz alta mientras tomo un plato de sopa de marisco. Alguien me responde con sentido común. Todo pasa por algo, dice. El problema está en saber qué es ese algo. Como sea, siempre acabo riéndome de los brujos. Siempre es algo.

17 de septiembre de 2010

Francia, otra

Esto es Burdeos, me dijo el chino; esto no es Francia, verdaderamente; o peor, incluso esta Francia que vemos aquí, esta Francia levantada en un meandro del Garona, es la Francia disminuida, en cierto modo; la Francia de Bordeaux es la Francia que va quedando. Pero, ojo, tiene a pesar de sus inmensos bemoles sus altos muy pronunciados y rotundos, porque seguimos estando en Francia, obviamente; otra cosa sería cruzar la frontera y que nos asomáramos a lo que viene más allá, España, que, ojo, conozco tan bien como tú, muy bien; y no, seguimos en Francia, en el sur de Francia, cerca de la frontera, a tiro de piedra de la frontera con África. ¡Francia del sur! Los Pirineos nos mantienen a salvo, me dijo el chino. Él desde hacía algunos años se encontraba instalado no en Aquitania, en un pueblo cerca de Nantes, dedicado a la comercialización de vinos, ¡en Francia, justamente!, un chino, me explicó él mismo no sin abrir bien sus ojos chinos; y que si yo buscaba instalarme por una temporada aquí, en Burdeos, tenía que saber que de Francia quedaba poco; ya lo habían arrasado todo ellos, que se habían tomado prácticamente todo el casco antiguo de la ciudad, que sí, tenía su belleza especial, pero sobre todo era una zona lúgubre, húmeda y ruinosa; pero ellos vivían así, en medio de esa oscuridad odiosa y putrefacta. Son ellos, me dijo el chino, los moros. Francia es el norte, es otra.