
Mi absoluta ignorancia matemática es algo que me pesa. Pero es una tristeza medida, quizá calculada. Puedo reprochárselo al sistema educativo público, nefasto y obtuso; pero en el fondo sé que se trata más de una cuestión de mi propia intuición formal: siempre tuve una vena más romántica. Es curioso porque desde hace algunos años me concentro en negar esa vena romántica; y creo que he hecho avances importantes. Me concentré en lo abstracto, pero seguí rehuyendo de lo matemático y algebraico. Asocié tarde lo abstracto al sistema numérico; leí mal a Borges y descubrí muy tarde a Benoît Mandelbrot. El estudio del Método nunca me pareció que tuviera reminiscencias matemáticas; como si la propia ciencia fuera una cosa de lenguaje más que de cifras. Ahora me acerco, por ejemplo, a la teoría de cuerdas, pero siempre desde un ámbito teórico. De todas maneras, meros balbuceos. Y no desisto.
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No hay otra manera de entender “Bad lieutenant” que como excusa para recaudar fondos. Es posible que así (y sólo así) el genial Werner Herzog acabe filmando en Tierra del Fuego (y Oceanía, Madagascar) su proyecto sobre las lenguas en proceso de extinción.
Quizá la culpa de todo la tenga la cara de Nicolas Cage. Y la de Eva Mendes, en menor medida (está partiendo, y no es seguro que siga). Es una locura pero esa idea se me ocurrió cuando apareció “Dogville”, de Lars Von Trier. Excelente película, disminuida por la aparición del rostro de Nicole Kidman. Hay caras que le restan credibilidad a la historia, la destruyen. Porque uno no puede dejar de pensar en el personaje en que se han convertido.